Oraciones

Vísperas

MAGNIFICAT

Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mí espíritu en Dios, mi Salvador, porque ha mirado la humillación de su esclava. Desde ahora me felicitarán todas las generaciones, porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí: su nombre es santo, y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación. El hace proezas con su brazo: dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos. Auxilia a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia -como lo había prometido a nuestros padres-en favor de Abrahán y su descendencia por siempre.


      • COMPLETAS
      • EL PERDÓN ORACIONES DE PETICIÓN DE PERDÓN

¡Señor mío, Jesucristo! Dios y Hombre verdadero, Creador, Padre y Redentor mío; por ser Vos quien sois, Bondad infinita, y porque os amo sobre todas las cosas, me pesa de todo corazón el haberos ofendido; también me pesa porque podéis castigarme con las penas del infierno. Ayudado por vuestra divina gracia, propongo firmemente nunca más pecar, confesarme y cumplir la penitencia que me fuere impuesta. Amén.

Yo confieso ante Dios todopoderoso y ante vosotros, hermanos, que he pecado mucho de pensamiento, palabra, obra y omisión. Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa. Por eso ruego a santa Maria, siempre Virgen, a los Ángeles, a los Santos y a vosotros, hermanos, que intercedáis por mí ante Dios, Nuestro Señor.

Yo pecador me confieso a Dios todopoderoso, a la Bienaventurada siempre Virgen María, al Bienaventurado San Miguel Arcángel, al Bienaventurado San Juan Bautista, a los Santos Apóstoles Pedro y Pablo, a todos los Santos y a Vos, Padre, que pequé gravemente con el pensamiento, palabra, obra y omisión, por mi culpa, por mi culpa, por mi gravísima culpa; por tanto ruego a la Bienaventurada siempre Virgen María, al Bienaventurado San Miguel Arcángel, al Bienaventurado San Juan Bautista, a los Santos Apóstoles Pedro y Pablo, a todos los Santos y a Vos, Padre, que roguéis por mí a Dios Nuestro Señor.


      • RITUAL DEL SACRAMENTO DEL PERDÓN

ACOGIDA DEL PENITENTE
El sacerdote acoge con bondad al penitente y le saluda con palabras de afecto.
Luego, el penitente, y si lo juzga oportuno, también el sacerdote, hace la señal de la cruz, diciendo:
EN EL NOMBRE DEL PADRE Y DEL HIJO Y DEL ESPÍRITU SANTO. AMÉN.
El sacerdote invita al penitente a poner su confianza en Dios, con estas o parecidas palabras:
«Dios, que ha iluminado nuestros corazones, te conceda un verdadero conocimiento de tus pecados y de su misericordia».
El penitente responde:
«Amen»
O bien:
«Acércate confiadamente al Señor, que no se complace en la muerte del pecador, sino en que se convierta y viva» (Ez 33, 11)
«El Señor Jesús, que no ha venido a llamar a los justos, sino a los pecadores, te acoja con bondad. Confía en él» (Lc 5, 32)
LECTURA DE LA PALABRA DE DIOS
El sacerdote, si lo juzga oportuno, lee o recita de memoria algún texto de la Sagrada Escritura, en el que se proclama la misericordia de Dios y la llamada del hombre a la conversión.
«Pongamos los ojos en el Señor Jesús que fue entregado por nuestros pecados y resucitado para nuestra justificación».
O bien:
Ez 11, 19-20
Escuchemos al Señor, que nos dice:
Les daré un corazón íntegro e infundiré en ellos un espíritu nuevo: les arrancaré el corazón de piedra y les daré un corazón de carne, para que sigan mis leyes y pongan por obra mis mandatos; serán mi pueblo y yo seré su Dios.
Mt 6, 14-15
Escuchemos al Señor que nos dice:
Si perdonáis a los demás sus culpas, también vuestro Padre del cielo os perdonará a vosotros. Pero si no perdonáis a los demás, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras culpas.
Mc 1, 14-15
Cuando arrestaron a Juan, Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios.
Decía:
– Se ha cumplido el plazo, está cerca el Reino de Dios: Convertíos y creed la Buena Noticia.
Rom 5, 8-9
La prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros. ¡Con cuánta más razón, pues, justificados ahora por su sangre, seremos por él salvos de la cólera!
Ef 5, l-2
Sed imitadores de Dios, como hijos queridos, y vivid en el amor como Cristo nos amó y se entregó por nosotros como oblación y víctima de suave olor.
1 Jn 1, 6-7. 9
Si decimos que estamos unidos a él: mientras vivimos en la oscuridad, mentimos con palabras y obras.
Pero si vivimos en la luz, lo mismo que Jesucristo está en la luz, entonces estamos unidos unos con otros y la sangre de su Hijo Jesús nos limpia los pecados.
Pero si confesamos nuestros pecados, él, que es fiel y justo, nos perdonará los pecados y nos lavará los delitos.
CONFESIÓN DE LOS PECADOS Y ACEPTACIÓN DE LA SATISFACCIÓN
Inmediatamente después, donde sea costumbre, el penitente recita una fórmula de confesión general (v. g. “Yo confieso”) y, al terminar ésta, confiesa sus pecados.
Si fuera necesario, el sacerdote ayuda al penitente a hacer una confesión íntegra, le da los consejos oportunos y lo exhorta a la contrición de sus culpas, recordándole que el cristiano por el sacramento de la penitencia, muriendo y resucitando con Cristo, es renovado en el misterio pascual. Luego le propone una obra de penitencia que el fiel acepta para satisfacción por sus pecados y para enmienda de su vida.
ORACIÓN DEL PENITENTE
El sacerdote invita al penitente a que manifieste su contrición. Este lo hará con alguna de las siguientes fórmulas u otra semejante:
«Dios, Padre lleno de clemencia, como el hijo pródigo, que marchó hacia tu encuentro, te digo: “He pecado contra ti, ya no merezco llamarme hijo tuyo”.
Cristo Jesús, Salvador del mundo, como el ladrón al que abriste las puertas del paraíso, te ruego: “Acuérdate de mí, Señor, en tu reino”.
Espíritu Santo, fuente de amor, confiadamente te invoco: “Purifícame, y haz que camine como hijo de la luz».
Recuerda Señor que tu ternura y tu misericordia son eternas, no te acuerdes de los pecados ni de las maldades de mi juventud; acuérdate de mí con misericordia, por tu bondad, Señor.
(Sal 24. 6-7)
Lava del todo mi delito, Señor, limpia mi pecado. Pues yo reconozco mi culpa, tengo siempre presente mi pecado.
(Sal 50. 4-5)
Padre, he pecado contra ti, ya no merezco llamarme hijo tuyo. Ten compasión de este pecador.
(Le 15, 18; 18, 13)
Misericordia, Dios mío, por tu bondad. Aparta de mi pecado tu vista, borra en mí toda culpa. Oh Dios, crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme.
Jesús, Hijo de Dios, apiádate de mí, que soy un pecador.
Dios mío, con todo mi corazón me arrepiento de todo el mal que he hecho y de todo lo bueno que he dejado de hacer. Al pecar, te he ofendido a ti, que eres el Supremo Bien y digno de ser amado sobre todas las cosas. Propongo firmemente, con la ayuda de tu gracia, hacer penitencia, no volver a pecar y huir de las ocasiones de pecado. Señor: Por los méritos de la pasión de nuestro Salvador Jesucristo, apiádate de mí.
IMPOSICIÓN DE MANOS Y ABSOLUCIÓN
El sacerdote, extendiendo ambas manos o, al menos, la derecha sobre la cabeza del penitente, dice:
Dios, Padre misericordioso,
que reconcilió consigo al mundo
por la muerte y la resurrección de su Hijo
y derramó el Espíritu Santo
para la remisión de los pecados,
te conceda, por el ministerio de la Iglesia,
el perdón y la paz.
Y YO TE ABSUELVO DE TUS PECADOS
EN EL NOMBRE DEL PADRE, Y DEL HIJO,
+ Y DEL ESPÍRITU SANTO.
El penitente responde:
Amén.
ACCIÓN DE GRACIAS Y DESPEDIDA DEL PENITENTE
Después de haberle dado la absolución, el sacerdote prosigue:
Dad gracias al Señor, porque es bueno
El penitente responde:
Porque es eterna su misericordia.
Después, el sacerdote despide al penitente, ya reconciliado, diciéndole:
El Señor ha perdonado tus pecados. Vete en paz.
En lugar de la acción de gracias y de la fórmula de despedida, el sacerdote puede decir:
La pasión de nuestro Señor Jesucristo, la intercesión de la Bienaventurada Virgen María y de todos los santos, el bien que hagas y el mal que puedas sufrir, te sirvan como remedio de tus pecados, aumento de gracia y premio de vida eterna.
Vete en paz.
O bien:
El Señor que te ha liberado del pecado, te admita también en su reino. A él, la gloria por los siglos.
R. Amén.
Dichoso el que está absuelto de su culpa, a quien le han sepultado su pecado. Hermano, goza y alégrate en el Señor. Vete en paz.
O bien:
Vete en paz, y anuncia a los hombres las maravillas de Dios que te ha salvado.


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