Ficha trigésimo primera

Ficha trigésimo primera: La crucifixión del Señor (Lc 23, 33 – 49)
 
 Y cuando llegaron al lugar llamado La Calavera, lo crucificaron allí, a Él y a los malhechores, uno a la derecha y otro a la izquierda. Jesús decía: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen. Y se repartieron sus ropas echándolas a suerte. El pueblo estaba mirando. Las autoridades le hacían muecas diciendo: A otros ha salvado; que se salve a sí mismo, si Él es el Mesías de Dios, el Elegido. Se burlaban de Él también los soldados, ofreciéndole vinagre 37y diciendo: Si eres tú el rey de los judíos, sálvate a ti mismo. Había encima un letrero en escritura griega, latina y hebrea: Este es el rey de los judíos. Uno de los malhechores crucificados lo insultaba diciendo: ¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros. Pero el otro le increpaba: ¿Ni siquiera temes tú a Dios, estando en el mismo suplicio? Y lo nuestro es justo, porque recibimos el pago de lo que hicimos; en cambio, éste no ha faltado en nada y decía: Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino. Jesús le respondió: Te lo aseguro: hoy estarás conmigo en el paraíso. Era ya eso de mediodía y vinieron las tinieblas sobre toda la región, hasta la media tarde porque se oscureció el sol El velo del Templo se rasgó por medio. Y Jesús, clamando con voz potente, dijo: Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu. Y dicho esto expiró. El centurión, al ver lo que pasaba, daba gloria a Dios diciendo: Realmente, este hombre era justo, Toda la muchedumbre que había acudido a este espectáculo habiendo visto lo que ocurría, se volvía dándose golpes de pecho. Todos sus conocidos se mantenían a distancia, y lo mismo las mujeres que lo habían seguido desde Galilea y que estaban mirando.
 
 Lectura:
 
 Jesús muere fuera de la ciudad santa, a manos de gentiles, declarado blasfemo… El santo muere totalmente desacralizado. Se le ha privado de cualquier rasgo que haga referencia a Dios. Pero en sus palabras, que revelan la verdad de su alma, nos permiten ver hasta qué punto Dios está en Él presente: la misericordia con los pecadores («perdónalos, porque no saben lo que hacen»), la promesa al ladrón convertido («hoy estarás conmigo en el Paraíso»), la obediencia confiada al Padre («a tus manos encomiendo mi espíritu»).
 El centurión le reconoce «justo». No sólo inocente de los cargos. Justo, frente a tanta injusticia. Justo que muere perdonando. Justo que muere piadosamente. Con la verdad de su lado. Lo percibe así un pagano. En la versión de san Marcos, sus palabras son aún más contundentes: «verdaderamente, este hombre era Hijo de Dios».
 La gente se da golpes de pecho. Antes pedían su crucifixión vociferando. Luego quedaron callados, solo «mirando». Ahora han visto y dan la vuelta, pidiendo el perdón de su pecado. La muerte de Jesús ha dejado al descubierto la falsedad de las acusaciones, la perversidad de quienes azuzaron al pueblo, la mezquindad de quienes no le defendieron,… el pecado de todos ellos. No regresan desesperados, regresan con arrepentimiento. La muerte del Señor, del Justo genera un movimiento de conversión en ellos.
 Sus conocidos y las mujeres… miran de lejos. Jesús ha muerto en soledad. Totalmente rodeado de sus enemigos. Totalmente en presencia del Padre. Totalmente abandonado de los suyos. Su única compañía han sido el Padre y los dos ladrones. El Dios de la misericordia y los dos pecadores, símbolos de la acogida y el rechazo a la obra salvadora de Jesús. Las mujeres, mas tarde, llevarán la noticia de que ha resucitado, y los discípulos, tras recibir su Espíritu, llegarán a ser sus apóstoles. Anunciarán una salvación, obra sólo de Cristo, entregado a la voluntad del Padre, en favor de todos los hombres..
 
 Meditación:
 
 Meditar la muerte de Cristo… es tarea para toda una vida. Gozo para toda una vida.
 Una forma de hacer esta meditación podría quizá centrarse en la repetición de las tres frases que pronuncia Cristo. Repetirlas una y otra vez, dejando que vayan evocando significados en mi interior. Repetirlas pensando en aquella escena, pero también repetirlas pensando en mi propia vida. Y en la de este mundo nuestro, dolorido de injusticias sin cuento, y amado por Dios hasta el extremo. Ver la los hombres con los ojos de Cristo, que intercede y promete el Paraíso. Y mirar mi propia vida ante el Padre, poniendo en sus manos mi espíritu.
 También podría detenerme a comparar lo que dicen las gentes a Jesús y lo que dice Él mismo. En este momento supremo, Jesús ha vivido como nunca la gran tentación: «sálvate a ti mismo». Tentación que es tantas veces la mía. Abdicar de la confianza absoluta en Dios, y confiar en mis propios recursos.
 Jesús la vence, contra toda evidencia, poniéndose en manos del Padre, y así es capaz de afrontar hasta la muerte. Todo indica externamente que Dios lo ha abandonado, que tenían razón las voces satánicas que le recomendaban bajar del madero. Y sin embargo, la perfecta obediencia del Señor alumbra la mañana de resurrección y la salvación para todo el género humano. ¿Cuáles son mis tentaciones? ¿Cómo afronto al final la entrega, las renuncias, las dificultades? ¿Qué luz me da esta escena?
 Podemos compartir en voz alta nuestra meditación, brevemente, sin entrar en debate, sino enriqueciéndonos unos con las visiones de los otros.
 
 Oración:
 
 El Señor murió perdonando, prometiendo vida y orando. San Lucas nos le presenta repitiendo en sus últimas palabras, el Salmo 31. Salmo de confianza en medio del dolor y el desprecio, en el que resuenan los padecimientos de Cristo y de todos los sufrimientos de los hombres. Salmo que nos abre el alma a la esperanza en la resurrección. Tras un silencio en que cada uno exprese en la forma más personal su oración ante el crucificado, bien podríamos concluir recitando juntos algunos versículos (Oficio de lectura del lunes de la 2a semana).
 
 Contemplación:
 
 Al contemplar la muerte del Señor nos ayudaría sin duda situarnos ante un crucifijo artístico, o cuanto más, en la iglesia, ante el altar del sacrificio de Cristo, La imagen nos trae el recuerdo de la escena. El altar nos sitúa ante el lugar mismo donde Cristo continúa su entrega. En el sagrario, Cristo muerto y resucitado está realmente presente.
 Releer ahora la escena, representándonos los detalles de la forma más viva posible. Quizá nos ayude a hacerlo el recuerdo de algún film, o de alguna imagen de la pasión que se nos ha grabado en el alma de modo más vivo. Mirar también esas otras imágenes, tan vivas, del dolor, el hambre, las guerras, a que casi nos han acostumbrado los medios de comunicación moderna.
 Con esa representación tan viva, ir desgranando ahora los versículos. Los gestos. Las palabras. Las actitudes de los corazones.
 Miremos sobre todo el rostro de Jesucristo. Cada rasgo, cada gesto.
 En especial sus ojos ¿Cómo ve Él a cada uno de los que le rodean? ¿Cómo ve la cruz dura? ¿Qué mirada le dirige al Padre?
 Y, tras verle entregar su espíritu… quedémonos en silencio.
 ¿Cómo cambia mi vida este relato? ¡Mi vida comienza en realidad con este acontecimiento!
 Cristo me enseña a no estar pendiente de mi mismo. Ni siquiera cuando lo paso mal, y parece que esto me excusa. La suya es una pro-existencia, una vida toda para el Padre y los hombres.
 ¿Qué hace Cristo en el momento culminante? No se entretiene en las injurias ni da oído a la tentación satánica. Pide el perdón para los que le maltratan, compadecido de su ignorancia. Acoge en su reino al pecador arrepentido, percibiendo con inmensa sensibilidad la verdad de su alma. Se entrega el las manos del Padre cuando parece que éste le ha abandonado… hasta la mañana de Pascua.
 No hay otro programa de vida para quien, como yo, soy una sola cosa con el crucificado por mi fe y mi bautismo. Compartir su cruz, como Él la vive, y su resurrección… en esperanza.
 
 San Gregorio Magno
 
 La sangre de Jesús es más elocuente que la de Abel, porque aquella pedía la muerte del fratricida, mientras que la sangre del Señor imploró la vida para sus perseguidores. Para que el misterio de la pasión del Señor no nos resulte a nosotros inútil, imitemos lo que recibimos y prediquemos lo que veneramos (Morales 13,21-23).
 
San Bernardo de Claraval

 
 Contempla a la muerte vencida y el triunfo del que acaba de morir. Contempla a los cautivos cómo suben del infierno a la tierra y hasta los cielos, para que cuanto hay en cielos, tierra y abismos, doble su rodilla ante el nombre de Jesús. Advierte cómo la tierra, condenada a dar cardos y abrojos, vuelve a florecer con la gracia de la nueva bendición (Sobre el amor de Dios 7,3).
 
Santo Maestro Juan de Ávila

 
 Muchos son nuestros bienes, no en nosotros, mas en Cristo, que nos dio lo que Él ayunó, oró, y caminó y trabajó; y sus espinas y sus azotes, y clavos y lanza, muerte y vida, haciéndonos participantes en todo mediante los sacramentos y fe. Cuantas son las misericordias del Señor, tantos podemos decir que son nuestros merecimientos; y cuantos son los bienes de Cristo, en tantos tenemos parte nosotros. Y así como en el mar Bermejo fueron ahogados Faraón y los suyos, que perseguían a Israel por las espaldas, así, en la sangre y merecimientos de Cristo, son los pecados que hemos hecho ahogados, que ninguno queda (AudiFilia 680).


 

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