Ficha décimo tercera

Ficha decimotercera: La vocación de san Pedro (Lc 5, 1 – 11)

Una vez que la gente se agolpaba alrededor de Jesús para oír la Palabra de Dios, estando Él a orillas del lago de Genesaret; Vio dos barcas que estaban junto a la orilla: los pescadores habían desembarcado y estaban lavando las redes. Subió a una de las barcas, la de Simón, y le pidió que la apartara, un poco de tierra. Desde la barca, sentado, enseñaba ala gente, «cuando acabó de hablar, dijo a Simón: ¡Rema mar adentro y echad las redes para pescar!. Simón contestó: Maestro, nos hemos pasado la noche bregando y no hemos cogido nada; pero, por tu palabra, echaré las redes. Y, puestos a la obra, hicieron una redada de peces tan grande, que reventaba la red. Hicieron señas a los socios de la otra barca, para que vinieran a echarles una mano. Se acercaron ellos y llenaron las dos barcas, que casi se hundían. Al ver esto, Simón Pedro se arrojó a los pies de Jesús, diciendo: Apártate de mí, Señor, que soy un pecador. Y es que el asombro se había apoderado de él y de los que estaban con él, al ver la redada de peces que habían cogido, y lo mismo les pasaba a Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón. Jesús dijo a Simón: No temas: desde ahora serás pescador de hombres Ellos sacaron las barcas a tierra y, dejándolo todo, lo siguieron.
Lectura:
Jesús predicando a las gentes. Es lo suyo. Para esto dejó un día su casa, para anunciar a todos el Evangelio. Pero ahora da un paso más. Comienza a asociar a otros a su misión.
La atención se focaliza en Simón. Hay dos barcas, pero se sube a la suya. Hasta seis veces se repetirá su nombre. Desde su barca, Jesús enseñará a las gentes.
Por dos veces le pide remar, ambas con el mismo verbo en el griego original. La primera se nos describe (le pidió que la apartara un poco de tierra); la segunda conserva toda la fuerza de una invitación imperativa (¡Rema mar adentro y echad las redes para pescar!) Separarse un poco de tierra… remar mar adentro. Lo uno ha llevado a lo otro. Jesús va conduciendo a Simón, poco a poco, a realizar un acto de fe. Se ha acercado a él, le muestra confianza, le pide su pequeña colaboración. Ahora, el gran salto.

Simón es un buen pescador, Jesús… es un carpintero. El momento de pescar es la noche, y ésta… no entraban los peces. Pero ahora lo que cuenta no es conocer el oficio, sino fiarse o no de Jesús. Simón se fía y rema.
«Por tu palabra», puesto que tú lo dices. Porque me fío de ti, me fío de lo que dices. Porque me fío de ti, acepto lo que me propones. Otro respondería que Jesús no entiende de pesca. Más Simón echa las redes. Y descubre cuan verdadera es la palabra de Jesús, cuan digna de ser aceptada. La pesca, será sorprendente. En cuanto se ponen a ello, la red está ya que revienta. La eficacia de la palabra de Cristo es enorme e instantánea. Basta darle fe para que actúe con una generosidad desbordante.
Sobrecogido, maravillado, Simón se postra ante Jesús. «Apártate de mí, que soy un pecador». Ha percibido el signo, ha reconocido la actuación de Dios, y se afecta en lo más profundo.

Meditación:

La llamada personal se da siempre en el contexto de la misión de Jesús, que se dirige a todos los hombres. Para anunciar el Evangelio. El Señor elige a algunos para el servicio de todos.
Tener fe no consiste en «creer cosas», ni es una cuestión de «opiniones». Tener fe es creer en Cristo, creer a Cristo, creer «hacia» Cristo. Es poner en Él toda nuestra confianza, hacernos sus discípulos y seguidores, participar con El de su vida, su misión y su destino. Y de esa unión con Él, se sigue el creer cuanto nos propone, hacer mía su doctrina y dejar que transforme mi vida.
No es la brega de toda una noche la que llena la barca de peces. Es la fe en la palabra de Cristo, más allá de todo calculo humano. ¿Con qué criterios trabajo y me esfuerzo? ¿Con qué fe afronto las dificultades? ¿En qué y en quién pongo yo mi esperanza? ¿No he vivido, tantas veces, experiencias análogas a la de Simón en la barca? ¿Cómo reacciono, cual es mi respuesta?
«No temas». La presencia del Señor estremece, pero no asusta. El único miedo ante Dios, es a perderle, a que dándole la espalda, podamos alejarnos de Él. Lo otro es religioso respeto, profundo reconocimiento, como el de Pedro a los pies de Jesús.
El ministerio de Pedro es peculiar y fundante, pero es «paradigma» y modelo de todos los demás ministerios y aún de todo servicio cristiano. Junto con la vocación de María, presenta el modelo lucano de la llamada del Señor. Estoy ante un texto de oro para que yo pueda descubrir mi propia vocación o renovar la llamada que el Señor me dirigió un día…
«Dejándolo todo, lo siguieron». Inmediato fue el milagro, inmediata es la respuesta. Ya no interesan los peces, ni la barca, ni el oficio. Ya solo interesa en la vida estar con Jesús, vivir con Jesús, seguir a Jesús, «pescar» con Jesús. Es característica esta prontitud en la respuesta en las vocaciones evangélicas, que Jesús exigirá en otros pasajes como condición para aceptar la llamada.
Podemos compartir en voz alta nuestra meditación, brevemente, sin entrar en debate, sino enriqueciéndonos unos con las visiones de los otros.
¡Señor, dame a escuchar tu llamada! Aquí tienes mi barca, en la orilla, por si deseas servirte de ella.
Pidamos al Señor que nos lleve consigo aguas adentro, a la hondura donde Él hace maravillas. A descubrir quién es Él para nosotros y quienes somos nosotros para Él.
¡Señor, danos hambre de peces! Sensibilidad por los hombres, que quieren escuchar tu palabra y no tienen quien se la anuncie. Que necesitan saciarse del alimento que tu multiplicas. ¡Haz de nosotros, Señor, pescadores de hombres!
Tu grandeza y mi pecado. Tu amor y mi pequenez. Pero tu cuentas conmigo, y en tu palabra… echaré las redes.
Entonemos por fin algún canto vocacional que evoque las llamadas de Jesús al borde del lago.

Contemplación:
Quedémonos ahora un momento en silencio, contemplando la escena. Ver a la gente en el lago, y Jesús que entre las apreturas, decide subirse a una barca. Es la mía.
¡Qué alegría, que desde mi humilde barquilla el Señor pueda anunciar la Vida!
Rema ahora mar adentro. ¿A dónde me llevas, Señor? Y ver el rostro de sorpresa, de alegría, de conmovida reverencia de Pedro y de sus compañeros ante la admirable pesca. Es mi rostro, es mi vida, es mi Señor.
Ver a Pedro que cae a sus pies, ver a Cristo decirle «no temas». El Señor me levanta del suelo y me dice, a mi pecador: necesito de tu ayuda, serás pescador de hombres…
Todo lo dejan y le siguen. ¿Voy yo también entre ellos?
La vocación no es cosa de un día. Para Pedro es cosa de toda una vida. La llamada sentida un día, se renueva constantemente, en cada momento de la vida. Y la respuesta ha de ser nueva también, generosa y fiel, alegre y confiada aún en medio de las pruebas. De lo contrario, sin dejarnos mover por el Espíritu, no podremos cumplir nuestra misión.
También a mí me llamó, o me llamará un día el Señor, a una vocación específica. La mía propia. No es mejor ser esto o aquello, sacerdote o religiosa, misionero o laico cristiano, célibe o casado, monje o reformador social… Lo mejor para cada uno es descubrir su llamada propia, y vivirla con la alegría de haber encontrado el tesoro de servir a su Señor.
No puedo vivir la fe como si nada. Necesito plantearme en serio el tema de mi vocación.

San Hilario de Poitiers

La elección de los pescadores ilustra la actividad de su futura misión, que deriva de su oficio humano: los hombres, como en la imagen de los peces sacados, levantados fuera de las aguas del mar, deben «emerger», salir de este siglo hacia un lugar superior, es decir, hacia la luz de las estancias celestiales. Abandonando profesión, patria y casa, nos enseñan, si es que queremos seguir a Cristo, a no dejarnos retener por las preocupaciones de la vida en este mundo, ni por los lazos que nos sujetan aún a la casa paterna. (Comentario a san Mateo, 3,6)

Cardenal John Henry Newman

A lo largo de toda nuestra vida, Cristo nos llama. Nos haría mucho bien tener conciencia de ello, pero somos lentos en comprender esta gran verdad: que Cristo camina a nuestro lado y con su mano, sus ojos y su voz nos invita a seguirle. En cambio, nosotros ni siquiera alcanzamos a oír su llamada que se da a entender ahora mismo. Pensamos que tuvo lugar en los tiempos de los apóstoles; pero no creemos que la llamada nos atañe a nosotros, no la esperamos. No tenemos ojos para ver al Señor. No obstante, estáte seguro: Dios te mira, quien quiera que seas. Dios te llama por tu nombre. Te ve y te comprende, él que te hizo. Todo lo que hay en ti le es conocido; todos tus sentimientos y tus pensamientos, tus inclinaciones, tus gustos, tu fuerza y tu debilidad. Te ve en los días de alegría y en los tiempos de pena. Se interesa por todas tus angustias y tus recuerdos, todos tus ímpetus y los desánimos de tu espíritu. Dios te abraza y te sostiene; te levanta o te deja descansar en el suelo. Contempla tu rostro cuando lloras y cuando ríes, en la salud y en la enfermedad. Mira tus manos y tus pies, escucha tu voz, el latido de tu corazón y hasta tu aliento. No te amas tú más que te ama él. (Sermones parroquiales 8, 2)


 

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