Evangelios de los Domingos 7 y 14 de julio

21 de julio

(16º domingo del Tiempo Ordinario –Ciclo C–)
Lectura del santo Evangelio según san Lucas 10, 38-42
En aquel tiempo, entró Jesús en una aldea, y una mujer llamada Marta lo recibió en su casa. Esta tenía una hermana llamada María, que, sentada junto a los pies del Señor, escuchaba su palabra. Marta, en cambio, an-daba muy afanada con los muchos servicios; hasta que, acercándose, dijo:
– «Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola para servir? Dile que me eche una mano».
Pero el Señor le contestó:
– «Marta, Marta, andas inquieta y preocupada con mu-chas cosas; sólo una es necesaria. María, pues, ha escogido la parte mejor, y no le será quitada».

COMENTARIO AL EVANGELIO
Lo que Dios jamás te pedirá
Ahora tienes dinero y buena posición; pero quizá, un día, Dios te pida todo eso. Tienes salud; pero quizá, un día, Dios también te la pida. Cuentas con el aprecio de los hombres; pero quizá, un día, Dios te pida que renuncies a él. Tienes vida; pero, tenlo por seguro, un día Dios te la pedirá.
Todo lo que tienes te lo ha dado Dios, y todo te lo puede pedir, salvo una cosa, algo que Dios desea que conserves siempre: María ha escogido la parte mejor, y no se la quitarán.
El tesoro de María, la oración que tan íntimamente te une al Señor, Dios no te la quitará jamás. Con toda seguridad, nunca te pedirá que dejes de rezar o de escuchar su palabra.
Ahora bien: cuídalo, porque, aunque Dios no te lo pida, otros te lo querrán quitar. «Hoy no puedo rezar, tengo mucho trabajo»; «Estoy muy triste, no me encuentro con ánimo para rezar»; «Estoy de viaje con amigos que no rezan, imposible retirarme a rezar yo» … Si lo que Dios no te va a quitar nunca tú dejas que te lo quiten otros, eres la persona más desgraciada de la tierra. No te queda nada.
(Rey Ballesteros, José-Fernando. Evangelio 2019: El evangelio de cada día)


28 de julio

(17º domingo del Tiempo Ordinario –Ciclo C–)
Lectura del santo Evangelio según san Lucas 11, 1-13
Una vez que estaba Jesús orando en cierto lugar, cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo:
– «Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos»
Él les dijo:
– «Cuando oréis decid: “Padre, santificado sea tu nombre, venga tu reino, danos cada día nuestro pan cotidiano,
perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todo el que nos debe, y no nos
dejes caer en la tentación”».
Y les dijo:
– «Suponed que alguno de vosotros tiene un amigo, y viene durante la medianoche y le dice:
– “Amigo, préstame tres panes, pues uno de mis amigos ha venido de viaje y no tengo nada que ofrecerle”; y,
desde dentro, aquel le responde:
– “No me molestes; la puerta ya está cerrada; mis niños y yo estamos acostados; no puedo levantarme para dártelos”;
os digo que, si no se levanta y se los da por ser amigo suyo, al menos por su importunidad se levantará y
le dará cuanto necesite. Pues yo os digo a vosotros: pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá;
porque todo el que pide recibe, y el que busca halla, y al que llama se le abre.
¿Qué padre entre vosotros, si su hijo le pide un pez, le dará una serpiente
en lugar del pez? ¿O si le pide un huevo, le dará un escorpión? Si vosotros,
pues, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos,
¿cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que le piden?».

COMENTARIO AL EVANGELIO
Despertando al vecindario
Me contaron cómo los hogares sencillos de la Galilea de Jesús no eran
sino cuevas con puerta y algún apéndice a modo de armario. Luego fui a
Tierra Santa y lo comprobé. Padres e hijos dormían en la misma –la única
– estancia. Una vez acostados, si alguien llamaba a la puerta, para que el
padre pudiese abrir tenía que hacer levantar a los niños o pisarlos. Esto
explica la respuesta del hombre de la parábola a quien vienen a pedirle
panes a medianoche: La puerta está cerrada; mis niños y yo estamos
acostados; no puedo levantarme para dártelos.
Pero si el otro insiste llamando… Lógicamente, en ese caso se despiertan
los niños, la mujer, la suegra y, como siga, se despierta el vecindario.
Entonces el dueño le tira los panes a la cabeza si es preciso, con tal de
que se calle.
A veces le pedimos a Dios piedras. En ese caso, sería mejor pedir en voz
bajita y no insistir demasiado. Pero, cuando pedimos panes, no debemos tener miedo de despertar a toda la corte celestial: a los ángeles, a los santos, y a la Santísima Virgen María. Pide así, y Dios se levantará y te dará cuanto necesites.
(Rey Ballesteros, José-Fernando. Evangelio 2019: El evangelio de cada día)